Caio, encantado.

“Quién soy” es una pregunta compleja, con muchas dimensiones y posibilidades. En una respuesta rápida – si posible – yo diría que soy un ser humano empeñado en ser partícipe de la construcción de una sociedad pacífica, sensible y auténticamente feliz.

La respuesta más completa exige que yo comparta un poco de mi historia.

La vida tiene muchos marcos y la cultura en que nascimos determina cuales son los más influyentes. Cuando hacemos trabajo interior, dentro o fuera de los parámetros de la psicología, intentamos paralelamente a la raíz cultural observar la influencia de nuestra biología y de nuestra propia psique en el impacto que los eventos de la vida tienen sobre quienes somos.

Mi trayectoria profesional empezó en la astroquímica. En la adolescencia me encantaba observar las estrellas y pensé que esta esfera romántica podría ser trasladada a la profesión, pero al conocer a fondo los laboratorios me he dado cuenta de que este no era mi lugar, por lo menos no en ese momento. A la vez una realidad social alarmaba mis cuestionamientos: la violencia. ¿Qué lleva un ser humano a ser capaz de agredir el otro? ¿Qué hace un ser humano ser capaz de mentir, robar, engañar? ¿Y cómo cambiar esta realidad?

Eses cuestionamientos me llevaron a la Psicología.

Al largo de la carrera he tenido muchas reflexiones existenciales. Con el intuito de ser pragmático, me pregunté: ¿Cómo es el mundo en que me gustaría vivir? Fue entonces cuando llegué a la respuesta antes citada: quiero vivir en un mundo pacífico, sin violencia y donde las personas se sientan felices. Con ese propósito, me licencié como psicólogo especializándome en psicología del desarrollo humano y psicología de la felicidad. Para ello transité caminos imprescindibles como la educación, el desarrollo infantil, la psicología perinatal, entre otros.

 

Uno de mis mayores aprendizajes, y que talvez sea el punto de inicio, es que la materialización objetiva de la paz y la felicidad dependen de su vivencia interior. Quiero decir, para promover la paz, debo sentir la paz dentro de mí, un camino que requiere algunos aprendizajes, entre ellos saber lidiar con las propias emociones.

Con la felicidad pasa lo mismo. Debemos aprender a separar la felicidad hedónica, basada en el efímero placer, de la sensación de bienestar duradora, estable y equilibrada que puede participar de nuestra experiencia vital.

Con esto digo que soy un ser en construcción empeñado en construir un mundo mejor.